lunes, 3 de noviembre de 2008

Determinación ética de la urgencia

Uno de los muchos peligros de la filosofía es tomarse a sí por su finalidad, es decir, creerse y no crearse. Si los pasos que damos se orientan sólo a su determinación nuestro ejercicio cae con facilidad, en cuanto se desposee de conciencia, en ser un tropiezo que termina siendo un obstáculo. Las teorías de ese orden del mundo recrean la limitación que dijimos creer haber superado, y no hacemos sino golpearnos con ella, lo que nos hacía no sólo locos sino estúpidos.

El finalismo de la determinación es presuntuoso y ciego. Alumbra con su red óptica tomando sus condiciones infinitesimalmente límites, el soporte de la verdad matemática, por el seguro ontológico de la totalidad, la tontería que niega la ruptura que hace el aumento de conocimiento.

Fue un físico, Roger Penrose, quien dijo que algo debía andar muy mal en nuestra noción de la física, refiriéndose al objeto habitual de mi crítica, la falta de conciencia a la que nos inclina el límite y su recreo. Admiro que su reducción objetiva pueda desacreditar asuntos cruciales de la física moderna, dicho por él como “dicha teoría pudiera dar un giro inesperado a la propia tarea a realizar”. No puedo pretenderme en cocimientos de física que no tengo –digamos que su justificación llevaría a mucho más que un mero experto, siendo yo sólo un diletante-, para eso muestro una teoría atrevida de un tipo de ciencia que no se dedica a desacreditar la filosofía pues tiene algo mejor que contar. Por el contrario, hay quienes siguen atascados con la ética de la actitud característica que, según se revela, se hace más bien estética que ética, y se recrea en una ideología de parvulario que no hace más que cacarear las bendiciones de la ciencia.

Es de entender que aquellos que se presentan como originales nieguen los méritos de los hombres del pasado que nos dejaron el soporte de nuestras teorías, y se las atribuyan mezquina y farsantemente. En lugar de ilustrar con sus méritos, como Historia de la ciencia, hacen de su filosofía la negación de su mismo ejercicio. ¿Cómo pueden quienes, piensan en la historia, tratar nada de propio?. Esa actividad, lo denuncio de nuevo, es ingenuidad y una descarada ignorancia. Pero es el caso que nos ilustran con su descerebrada neurociencia y, al concurso de la urgencia, lo ahogan a base de maquillar la falta de objeto de un porvenir que absurdamente nos adelantan. La comprensión, por el contrario, con la positividad integrada de la urgencia, su sentido inmediato sintetiza, crea, el camino que cursa, no lo niega como su reducción.

Nunca la urgencia ha sido el suelo en sí que asegure la continuidad. Nuestra profanación, como parece, es sólo nuestro cauce de responsabilidad, y ahí nos exigimos en nuestra ética, no la de los infantes, sino la de los que cursan caminos menos determinados. Ese ejercicio ético no es continuar un soporte de bondad, que eso sí es historia, sino es la urgencia de mirar aquello que hemos de adecuar.


El tratamiento que doy a la aprioriedad histórica es lo que es de suyo propio, lo que a ella le pertenece, pero que, aún así, nos presta con generosidad, su legado. Pero podemos hacer el movimiento rápido de la conciencia, el de su falta, y echarnos sobre las cosas falsificando su verdad. Ya saben que el estado de aprioriedad es objeto de nuestra profanación, que he reclamado como nuestro cuidado para que no sea lo que hagamos, en ese trueque, sino de nuevo sacralizar, cambiar sólo de nombre y sitio el problema, y no penetrar en el estado velado a la conciencia.

Es torpeza filosófica andar con casillas, palabras y no problemas. Filosóficamente, es, con sencillez, un curso de ingenuidad que olvida en qué consiste filosofar, la búsqueda del objeto o el desvelamiento del mismo, la creación en su descubrimiento. Como tampoco es el problema el fondo de ello, su límite, una vuelta rápida a una casilla más sutil pero, al fin, casilla, debemos atender a algo más inmediato que lo meramente instantáneo, recreación en la verdad; a algo que sea la positividad del reencuentro con el olvido no de otra esencia sino urgencia. La conciencia emerge en su posibilidad, pero no es un momento asegurado; su cuidado es su actividad, la bella filosofía.

El progreso de la filosofía es algo históricamente indudable salvo que se piense que ese proceso es algo distinto a una actividad en círculo, pero no como un regreso circular a lo mismo, sino como lo mismo otra vez posible de una nueva manera en donde hagamos del círculo no una actividad formal sino del descubrimiento de lo que desvelamos, el desensimismamiento. Las posibilidades son finales sólo a los ojos que ven en ellas agotamiento, su propio agotamiento.

No sé quién les habrá dicho a los cientificistas que no necesitan filosofía, o que lo suyo es una filosofía científica. Quieren a la filosofía ciencia en una monstruosa insensatez que, al olvidar el sesgo de su proceso, se enorgullece de su falta. Sus méritos claros y distintos, la nouménica, incondicional y terrible verdad, es la tira por la borda de la nueva pulsión de posibilidad. ¿Cuándo, en el universo, se ha dado por finalizada una urgencia? ¿en los límites de su juicio?. Quien juzga, no lo olvidemos, es el sujeto, al que ellos desprecian como reclamo general o condicionado a su ética. Su ciencia atinará casualmente a su urgencia, en esa modalidad de su causalidad, si es que somos filosóficamente poco exigentes. Su enredo epistemológico y tecnificado no es sino su recreo, su circularidad, más de lo mismo; solucionan el momento y no lo engloban en un proceso y, cuando lo hacen, entienden la ética como política legislada conforme a esa inhumana verdad o esa, absolutamente ridícicula, primacía el sentido.

No sólo bestial, dijimos, sino monstruo. Quien empeñó su ética por el mantenimiento de su credo, despreciando nuestra actividad en su objeto, falsificó, en la poca finura de su ciencia del desligue, el objeto con mi sujeto, o sea, qué con quién, y su sujeto con mi objeto, o sea, quién con qué. En ello consiste la primera falta en el ejercicio de la comprensión. Conciencia de ello es el grado en que hacemos posible su distinción, la de la obra de quién la crea, que referí como el compromiso del autor. No es conciencia que me haga consciente, sino que haga su posibilidad.

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